China ha trazado una ambiciosa hoja de ruta para los próximos cinco años, centrada en consolidar su liderazgo tecnológico y acelerar la integración de la inteligencia artificial en su aparato industrial. En un contexto marcado por la creciente rivalidad con Estados Unidos, el gobierno de Pekín ha elevado la innovación científica a prioridad de seguridad nacional, buscando reducir su dependencia de Occidente y blindar su economía frente a tensiones geopolíticas.
Durante la apertura de la sesión anual del parlamento, el primer ministro Li Qiang reconoció los desafíos que enfrenta el país, desde las presiones arancelarias impuestas por la administración anterior de Donald Trump hasta el debilitamiento del multilateralismo y el libre comercio. Sin embargo, destacó la resiliencia de China ante estas adversidades, aunque advirtió que el panorama global sigue siendo incierto. Como respuesta, el gobierno anunció un aumento del 7% en el presupuesto destinado a ciencia y tecnología, una señal clara de su determinación por mantenerse a la vanguardia.
El crecimiento económico proyectado para 2026 se sitúa entre el 4.5% y el 5%, una meta más moderada que el 5% registrado el año pasado, pero que refleja una estrategia de estabilidad frente a un entorno externo volátil. Este ajuste no es casual: en 2023, China logró cumplir su meta de expansión gracias a un superávit comercial récord de 1.2 billones de dólares, impulsado en gran medida por un aumento del 20% en sus exportaciones. No obstante, los conflictos comerciales con Washington —que en su punto más álgido incluyeron aranceles de tres dígitos— dejaron en evidencia la vulnerabilidad de su modelo económico ante las restricciones externas.
Uno de los pilares de esta nueva etapa es la consolidación de su dominio en sectores estratégicos, como el de las tierras raras, minerales esenciales para la fabricación de chips, sistemas de defensa y tecnologías de inteligencia artificial. Aunque Estados Unidos y sus aliados han intentado reducir su dependencia de China en este ámbito, los expertos coinciden en que aún faltan años para que logren una autonomía real. Pekín, consciente de su ventaja, ha reforzado su control sobre la producción y exportación de estos recursos, asegurando así una posición clave en la cadena global de suministro.
El plan quinquenal no se limita a la defensa de su hegemonía actual, sino que apuesta por una transformación profunda de su economía. El objetivo es que las industrias digitales aporten el 12.5% del PIB, un salto significativo que requerirá la creación de un mercado nacional de datos integrado, la adopción masiva de inteligencia artificial en toda la cadena productiva y el desarrollo de sistemas de seguridad para esta tecnología. Las metas son ambiciosas: desde avances en biomedicina y computación cuántica hasta la fabricación a escala atómica, pasando por la creación de clústeres de computación a hiperescala y la exploración de interfaces cerebro-computadora. Incluso se plantea la comercialización de robots humanoides, un campo en el que China busca posicionarse como líder global.
Esta apuesta por la innovación refleja un cambio de paradigma. Durante décadas, el crecimiento chino estuvo impulsado por la inversión en infraestructura y el sector inmobiliario, pero ahora el enfoque se desplaza hacia una economía basada en el conocimiento y la tecnología. Analistas señalan que, más allá de los números, el verdadero desafío será equilibrar el ritmo de desarrollo con la estabilidad social, especialmente en un contexto donde el desempleo juvenil y la desaceleración del consumo interno generan tensiones.
La estrategia también responde a una realidad geopolítica: la competencia con Estados Unidos no se limita al comercio, sino que se extiende a la carrera por el dominio tecnológico. Mientras Washington impone restricciones a la exportación de semiconductores avanzados y busca limitar el acceso chino a tecnologías críticas, Pekín apuesta por la autosuficiencia. El mensaje es claro: China no solo quiere ser un actor clave en la economía global, sino también un referente en la próxima revolución industrial, donde la inteligencia artificial y las tecnologías disruptivas definirán el poder de las naciones.
